Mantenía su cara pegada al vidrio, como si eso pudiera hacerla regresar. Su respiración empañaba los altos pastizales que se podían observar a lo lejos, mientras las lágrimas empañaban sus ojos. Recordaba una y otra vez su rostro detalle por detalle, como si este acto fuera su mayor vicio. Desde la leve curvatura de sus labios hasta sus larguísimas pestañas, que le hacían cosquillas en sus noches más tristes; le contaban como flechas cayendo justo en su corazón que ya no eran suyas. Tal vez nunca encontraría alguien que pudiera reemplazarla. Es que ella era tan única, tan especial , tan ella como ninguna; parecía totalmente imposible que haya alguien que se le parezca una pizca. Por eso mismo nunca podría reemplazarla, nadie podría ocupar ese lugar si era dejado justamente por ella. Pero ella ya no estaba. Y, claro estaba, no regresaría nunca. Por más que llorara, gritara y se le partiera el alma, ella no volvería. ¿Qué hacer frente a esto? ¿Resignarse a otra, solo con la remota posibi...